¿Socialismo del siglo XXI o capitalismo del siglo XXI?

¿Socialismo del siglo XXI o capitalismo del siglo XXI?

por Alberto Mayol

 

¿Qué hará la izquierda cuando se acabe el “chavismo”? ¿Y qué hará la derecha cuando se acabe el “chavismo”? No hay paradoja alguna entre ambas preguntas. La izquierda y la derecha latinoamericana han estado de acuerdo en situar a Venezuela y el proyecto “chavista” como la última frontera. Por eso estas preguntas son contingentes, aunque en realidad sean irrelevantes. Y es que hablamos del problema equivocado, de la pregunta equivocada, con las palabras equivocadas. Es parte de la confusión imperante. Dante decía que la confusión es el principal mal de las ciudades. Pues bien, he aquí el mal. Si hiciéramos un esfuerzo de época e intentáramos construir la pregunta más cercana a los correcto, sería probablemente algo parecido a lo siguiente: ¿Cómo hacer para que los mercados no produzcan monopolios, posiciones dominantes y desigualdad? Esta es la pregunta del siglo XXI y debe ser el asunto central de la izquierda. Pero no solo de la izquierda. Es el problema de la sociedad mundial, el desafío del futuro y la razón de ser de toda definición que permita solucionar el malestar social imperante. El socialismo del siglo XXI no resolvía este problema. Puso a disposición recursos de un país rico para paliar estos problemas confundiendo una maratón con una carrera de mil metros. Y los mil metros han llegado a su fin, con o sin el gobierno venezolano en sus manos. Ya sea por la inoperancia de los amigos o la operación de los enemigos, esa concepción de socialismo del siglo XXI ha terminado.

Dicen que la verdad nos hará libres. En ese esfuerzo es posible señalar que nunca hubo socialismo del siglo XXI. Si eso fue socialismo, fue del siglo pasado. Si fue del siglo XXI, no fue socialismo. El socialismo tuvo que pagar sus culpas, todas ellas, con el rigorismo de un juez severo. Es el costo de la derrota el convertirse en culpable incluso de lo que no se hizo. Eso ocurrió desde la caída del muro. Y en ese instante una falsedad se extendió: había ganado el liberalismo, se dijo. La verdad es que había caído la Unión Soviética. Hay una distancia significativa entre una y otra sentencia. Sí existe hoy un capitalismo del siglo XXI. Por desgracia, es una economía sin humanos, un mundo de derivados financieros, son fábricas con sofisticados robots y sin trabajadores, son fondos de inversión sin producción real. Ese es el siglo en que vivimos, el nuevo siglo donde el capitalismo vivió la segunda crisis más grande de su historia y sencillamente se optó por no tomar medidas relevantes de modificación su rumbo. El modelo siguió funcionando con perfeccionamientos menores, sin cuestionamientos a las convicciones y prácticas que condujeron a la debacle. ¿Nada pasó realmente después de la crisis de 2008? En parte no pasó nada, podemos decir. Pero hasta cierto punto sí hubo un cambio. El capitalismo dejó de necesitar al liberalismo. Tal y como el capitalismo se pudo deshacer mucho antes de sus compañeros de ruta, como el protestantismo, la Ilustración, la Modernidad; en esta ocasión el capitalismo ha demostrado que no necesita al liberalismo.  El capitalismo produce empresas que migran y no desea a los trabajadores que las siguen. El capitalismo genera cada vez más estructuras de competencia caracterizadas por la posición dominante de ciertos actores, lo que niega la competencia. El capitalismo necesita más a China que a Estados Unidos. Hoy el liberalismo no es nada, es una versión del cosismo, la metáfora de la sociedad como un supermercado, el derecho a elegir en las distintas variaciones de sexualidad ofertadas. El liberalismo carece de capacidad sistémica en una sociedad que puro sistema. Su único éxito: declararse vencedor y no ser confrontado por una izquierda que retorna al lugar donde fue feliz y se anula como presente y futuro.

Académicamente el capitalismo es un tipo de sociedad que produce excedentes y los acumula intensamente en la propiedad por sobre el trabajo. Si somos rigurosos, son capitalistas en este sentido tanto Estados Unidos (donde la propiedad privada concentra la acumulación de excedentes) como la Unión Soviética (donde los excedentes se acumulan en la propiedad estatal). Sin embargo, la probabilidad de distribución de esos excedentes cuando están en el Estado son mayores que al estar en la propiedad privada. Pero es una probabilidad. Y se corre el riesgo de desconfiar en el mercado como asignador de recursos. Hobsbawn, el brillante historiador marxista, respondió cuando le preguntaron por qué fracasó la Unión Soviética que “faltó mercado”. El periodista que lo entrevistaba se sobresaltó de la respuesta y tranquilamente Hobsbawn explicó que era absurdo despreciar el rol de la circulación, que eso era profundamente marxista. El riesgo de este desprecio existe con mucha fuerza cuando se concentran los excedentes en el Estado, tal y como aumenta la probabilidad de corrupción pública (y cuando predomina la propiedad privada sube el riesgo de corrupción privada).

El socialismo debe lograr ser algo más que el malestar social, debe ser un proyecto. ¿Hay algún país que haya construido un socialismo del siglo XXI? No. Pero hay un país que es el que está más cerca de transitar muy exitosamente entre el socialismo del siglo XX y el socialismo del siglo XXI. Se trata de Noruega. Allí más del 60% de la propiedad es de la sociedad o del Estado, ¿no es eso socialismo? El capitalismo escandinavo es básicamente socialista y Noruega es su ejemplo más claro. ¿No son países también capitalistas? Pues claro, de eso se trata el socialismo. Es una regulación de las dinámicas propiamente capitalistas en razón de los intereses sociales, poniendo por delante estos últimos. Noruega, por de pronto, tiene un fondo de inversión para pensiones que es además uno de los pilares de su economía y su innovación. Por eficiencia, se administra desde el Estado. Dicen explícitamente “nadie lo hace mejor que el Estado”. Un comité de ética impide que cualquier empresa que viole principios básicos de derechos sociales o humanos pueda ser susceptible de recibir inversión del fondo. Para ser claros con el ejemplo, no se puede invertir en Boeing, por participar en armas nucleares, las tabacaleras, la cadena de supermercados Wal-Mart, por acusaciones de trabajo infantil de sus contratistas; y las mineras Barrick Gold y Rio Tinto, ambas por daños al medio ambiente.

Noruega es lo más parecido al socialismo del siglo XXI. Respecto al capitalismo del siglo XXI, su forma de aparición reciente es el neofascismo, cuya principal violación de derechos es que garantizará la destrucción ambiental de la Tierra al boicotear los pocos logros de acuerdos ambientales capaces de detener el calentamiento global. El capitalismo del siglo XXI es hoy, sin duda, más masivo que el socialismo del siglo XXI. Pero es indudablemente una tragedia.

Respecto a Venezuela como país, tres escenarios se abren: sigue el régimen con Maduro, sigue el mismo régimen sin Maduro, cambio de régimen con fuerte intervención norteamericana y con varios actores buscando su parte en el botín. ¿Tenemos alguna culpa de que no nos guste ninguna de las salidas? Venezuela hoy o mañana no es la respuesta porque ni siquiera es la pregunta. La pregunta más importante de nuestra era ni siquiera recorre el mundo. Tiene como reemplazo funcional la evaluación de cada país que no suscribe las políticas del FMI, del banco Mundial y de las potencias. Y con eso vivimos año tras año hasta el calentamiento final.  El bloqueo a Venezuela ha sido, como todo bloqueo, una maldad. La gestión del chavismo ha desindustrializado su economía e indudablemente no superó su carácter monoproductor. Fueron presionados hasta el cansancio, pero a hacerlo mal nadie los obligó. En su momento solicité a la embajada venezolana antecedentes sobre el bloqueo, las sanciones y el impacto en la economía. Quería hacerme una idea propia sobre los errores forzados y los no forzados. Pero no tuve respuesta.

El socialismo del modelo chavista nació de un gigantesco malestar con el sistema de partidos histórico y con la corrupción que azotaba Venezuela. Su Constitución Política tiene poco mérito, casi no es una Constitución. Pero su capacidad fue político-electoral: rearticular fuerzas de izquierda en América Latina. No es poco. Pero no fue un diseño coherente con la magnitud del desafío. Lo más interesante de su proyecto ni siquiera se inició: configurar un sector financiero para América Latina. Indudablemente ese habría sido un golpe en contra de la dependencia económica. Pero lo importante quedó de lado muy pronto. ¿Implica esto que se acepte un golpe de Estado, como el que se está produciendo? Evidentemente no. Pero al mismo tiempo era bien evidente que no se podía seguir habitando la crisis y los gobiernos de Chávez primero (sí, también de Chávez) y luego de Maduro (con indudable incapacidad) no tomaron medidas para ello.

Para quienes confunden ser de izquierda con el resentimiento, habrá que decir que ser de izquierda es una sofisticación. Lo más natural de nuestra especie zoológica es ser de derecha. Nos inquietan las novedades, el poder nos parece lo más importante y nos sometemos si el poder nos amenaza. La probabilidad de rebelión es siempre baja. No es natural luchar incansablemente contra el poder y construir el poder de las mayorías. No es natural luchar contra la desigualdad cuando el mundo tiende a ella. Es evidente. Ser de izquierda es una sofisticación, que requiere permanente crecimiento en la reflexión, en la sensibilidad, en la escucha y en los principios. No es fácil ni tiene sencillez de aplicarse al poder. Es más bien su antídoto. El socialismo no debe ser una lucha del colectivo con el individuo, debe ser su síntesis. Ser de izquierda debe ser algo difícil y no una fórmula cóncava para un mundo convexo. No debemos estar obligados a calzar con el mundo, porque de lo que se trata es de transformarlo.

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